miércoles, 6 de enero de 2016

Del periodismo y crítica en el Perú: Los Perros


Por Carlos E. Rentería (*)


Distingamos. Están los perros amaestrados, quienes gustan de rodearse del director, de los actores, del fotógrafo o hasta del utilero para luego otorgar un análisis, cuando no poco sofisticadamente fútil, inocuo o tácito, hasta el argüir sobre fundidos o sobre la relación de la película sobre “el resto de películas peruanas del año”; cuando no, depravadamente arribista. Una subcategoría de los amaestrados son estos temerarios que pasan por el fuego de complementar valías heterodoxas, en pírricos halagos, a lo que los núcleos de poder del mercado cultural ya han facturado como las obras a entronarse como lo bueno, lo novedoso, lo valioso del cine nacional: entiéndase que a estos perros se los puede leer casi como calcos de lo que los medios de comunicación masivos -que en muchos casos son amigos, auspiciadores o productores de muchas de las películas a comentar- exponen sobre las películas nacionales, con variables, generalmente huachafas, en ciertas aptitudes estilísticas. Cabe recordar que a estos perros los verá siempre temprano en las avant-premiers de cuanta película nacional pueda costear un evento: ojo, estos perros probablemente se alimenten exclusivamente de los sánguches, empanadas y gaseosas que tengan a bien embutir en estos eventos, aun cuando en su mayoría ninguno de estos perros termine publicando un artículo sobre la película –extiéndase la idea a festivales, muestras, ciclos, o cuanto evento de pantalla grande encuentre su radar- en cuestión, como si hará con las fotos o selfies que pueda conseguir en estos eventos.



Otros perros, más que amaestrados, domesticados, coinciden en un curioso ejercicio retórico donde adjetivos que han leído sobre los grandes maestros del cine clásico americano -porque de otros cines no se puede comentar desde un evidente y estadístico reino de la ignorancia- son de pronto usados en tropel y sin descaro sobre películas nacionales. Así seguramente Ford debe de andar a la altura de Pérez-Garland, Katharine Hepburn debe ser tan buena y prolífica como Gisela Ponce de León, o la Metro Golden Mayer es cosa similar a Tondero. Ni qué decir de la manera en que se refieren al cine “de autor”. En Magallanes parece haber actuado Ingrid Bergman, fotografiado Nykvist y dirigido Rossellini. A los perros domesticados se les olvida el mundo, el cine entero, cuando se sientan a olfatear una película peruana. Ensayo motivos: de tan domésticos, un poco amaestrados quedan; se refugian en un cierto “es lo que hay para comentar”, como si ello explicara el uso del lenguaje que hacen; o, simplemente, no son cinéfilos. Individualmente, no dejan de ser graciosos, pero generan un problema mayúsculo cuándo arman una jauría mediática: contribuyen, en el universo obscuro de la oferta cinematográfica o cultural del país, a un estúpido promedio que goza en las herramientas de su saber, un criterio lascivo, obsecuente, mentiroso y reducido.




De todos, los perros que realmente resultan lastimeros son dos: los perros sobrevivientes, que más parecen zorros reptilianos, y los perros callejeros, que han aprendido a punta de palos y piedras, en ojos y oídos, a distinguir a qué carne merece uno darle un bocado, pero que en el fondo nunca podrán calificar en público por la inconfundible razón de tratarse de perros castrados. Porque claro, existen otros perros conscientes de que es su oficio la condescendencia, la propaganda y la ficción-crítica, como ocurre con tantos otros mercados que desarrollan estrategias comunicativas para construir criterios favorables a intereses particulares, pero esos perros no pasan de ser perros asalariados, cómodos perros bujarrones con el compromiso de lamer la mano que le da la plata o el mimo que le permita seguir navegando en un mar de medios atomizados con la psicótica consigna de generar atención y nada más, salvo, tal vez, querer comer de ella. Sin embargo, nada está a la altura de la pena que generan los perros castrados. El perro castrado es aquel que, conociéndola, no se pronuncia sobre la toxicidad de una película, o que termina dando vueltas sobre la factura de un film para no enfrentarse al argumento, o a los valores que la película promueve, o que sigue -veinte, o treinta años después de su última película regular- encumbrando la carrera de los mismos de siempre, incluso tapándole someros errores que en otros casos, en comentarios de otros directores más noveles, no dudarían nunca en manifestar: es el caso de todos esos perros silenciosos que temen perder el trabajo, el favor, el amigo, el avant-premiere –o quizá el sanguchito-, o peor aún, que temen contradecirse, como si el pensamiento crítico, el arte, la Historia o la filosofía, algo tuviesen que ver con lo estable.




A todos los perros se les oye, de vez en cuando, tratar al futuro del cine nacional como al de una utopía, que su práctica puede explicarse en la intención de “solventar un futuro”, queriendo ignorar los ejemplos que hay con las utopías de nuestra era; son perros que creen que los directores, actores o cualquier otro de este oficio fuese tan imbécil como para tomarse a mal una crítica exigente y argumentada sobre su trabajo, cuando en la mayoría de los casos estos necesitan y esperan acceder a los comentarios que contribuyan con la actividad que les ha costado no poco llevar a cabo, y en la que seguramente quisieran continuar; y finalmente, estos perros parecen no querer saber o aceptar que un pico, sino “el” pico de botella, en la mayoría de ofertas culturales del país, termina siendo la gente que se acerca a las obras, y entonces la escalofriante inconsciencia o la hiriente inconsecuencia: olvidar que sin el pensamiento crítico nunca habrá espectadores, solo público, audiencia o estadísticas.


(*)articulo de peru.otroscines.com

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