Por: Elsa Fernàndez Santos-cultura.elpais.com-23-11-2012.
José Luis Borau era mucho más que guionista, director, productor,
profesor, escritor, editor, actor, expresidente de la Academia Española
de Cine —y su principal impulsor tal y como hoy la conocemos—,
expresidente también de la SGAE, miembro de la RAE y del patronato del
Reina Sofía y creador de una fundación que bajo su tutela pretendió
allanar el camino de todo aspirante a cineasta. José Luis Borau,
fallecido en Madrid a los 83 años, era, sobre todo, un oráculo para el
cine español, un referente absoluto para varias generaciones que vieron
en él a su representante más independiente y complejo, un hombre que
amaba el cine por encima de todo y que bajo su aspecto tierno y
bondadoso era capaz de dar un golpe en la mesa (con plato redondo y
mantel blanco como condiciones innegociables para sentarse a comer) y
decir basta con esa rotundidad y tozudez que parecen inherentes a la
genética aragonesa.


El otro episodio que marcó su vida pública ocurrió el 31 de enero de
1998, cuando, siendo presidente de la Academia de cine, Borau sorprendió
a todos con otro gesto que le identificará para siempre con la
integridad moral de los grandes. Sus manos blancas sobre el escenario en
la gala de entrega de los Goya para condenar el asesinato del concejal
sevillano del PP Alberto Jiménez Becerril y su esposa dejaban claro que
el venerable cineasta no sabía vivir callado. “Ha sido el mejor
presidente de la Academia, lo sabemos todos”, señalaba ayer Enrique
González Macho, actual cabeza de la institución. “Él la modernizó, la
hizo tal y como la conocemos, y como presidente nos regaló su imagen más
emblemática: la de aquellas manos blancas. Como buen aragonés, cuando
quería algo lo conseguía y aunque era un hombre de consenso y de una
educación exquisita, exquisita de verdad, cuando quería algo lo
conseguía”.

Solitario vocacional, militante, Borau siempre se quejó del exceso de
atenciones que recibía su persona. “Soy un solitario frustrado, siempre
hay gente alrededor, pero mi afán es la soledad. Tengo amigos, me
invitan, me agasajan, y yo siempre estoy con una reserva: ‘A ver si me
dejan en paz”, reconocía a este periódico. Ese marcado individualismo,
quizá el mismo que le llevó a admirar la cultura estadounidense y su
cine cuando se veía con recelo desde los salones ideológicos europeos
cualquier vaquero solitario, se había forjado desde niño en las horas
muertas pasadas sobre aquella mecedora que guardó hasta el final de su
vida. “Es un amuleto, pero no me siento en ella por si la rompo. Lo que
me gusta hacer hoy es lo que hacía en la mecedora de niño: darle vueltas
a todo, a la vida, a mis amigos, a la familia de entonces”. Hoy la vieja mecedora de José Luis Borau se detuvo definitivamente. La impronta de su memoria seguirá acunando el cine español.
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